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El reto de hacer las tecnologías de la información más verdes

      
Las legiones de fans que en julio acudían en masa a las tiendas para adquirir el iPhone 3G por 200 dólares probablemente no pensaron mucho en el destino del aparato cuando se convierta en una pieza inútil. Apple, por el contrario, está preocupada por eso. Presionada por unas normas mundiales de anticontaminación más severas, la amenaza de demandas por daños medioambientales ante los tribunales y una mayor concienciación en lo referente a la responsabilidad social corporativa, Apple y otras empresas de tecnología se apresuran a colocar un sello "verde" de aprobación medioambiental en sus operaciones y productos.

Es fácil entender por qué. Basta pensar en la electricidad utilizada para poner en funcionamiento los centros de datos (además de mantenerlos refrigerados), las enormes cantidades de agua y sustancias químicas tóxicas utilizadas para la fabricación de componentes y la montaña de componentes electrónicos desechados todos los años por consumidores y empresas.

De acuerdo con La Asociación Internacional de Recicladores Electrónicos, anualmente se generan cerca de 400 millones de unidades de basura electrónica. Gran parte de esa basura está almacenada en los armarios y sótanos de los consumidores — ya que las personas se lo piensan dos veces antes de mandar sus aparatos viejos al depósito de basura, pero no saben cómo deshacerse de ellos de modo responsable.

"Se escucha a la gente preguntar si esa historia ‘verde’ es una moda", observa Christopher J. Lynch, director del Programa de Asistencia de Gestión Medioambiental de Wharton (Environmental Management Assistance Program). Él dice que la última vez que el entusiasmo por la causa verde fue tan evidente fue a principios de los años 90, cuando los precios del petróleo, en la época de la Guerra del Golfo, prácticamente coincidieron con el aniversario de los 20 años del Día de la Tierra. "Creo que esta vez es diferente", dice Lynch, que participa también en el Programa de Liderazgo Global y Medioambiental (Initiative on Global and Environmental Leadership) patrocinado por Wharton y la Universidad de Pensilvania.

En un momento en que incluso los ex-escépticos reconocen que los seres humanos contribuyen al aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, parece haber una preocupación a más largo plazo por las iniciativas favorables a la conservación del medioambiente, dice él. Como asesor de empresas privadas de los Centros de Desarrollo de Pequeñas Empresas, Lynch dice que hoy, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, un número mayor de empresas indaga sobre lo que hay que hacer para que lo verde se refleje en sus operaciones. Además de eso, añade, "todos tienen que hacer frente a los costes más elevados de la energía".

La empresa de investigación Gartner calcula que, como mínimo, un 2% de las emisiones globales de carbono a la atmósfera pueden ser atribuidas a la industria de la tecnología de la información en virtud de la electricidad consumida por ordenadores, servidores, sistemas de refrigeración, telecomunicaciones e impresoras.

"En Europa, hay una mayor disposición para adoptar medios de protección del medioambiente", dice Matthew White, profesor de Negocios y Políticas Públicas de Wharton. "Los europeos están mucho más dispuestos a pagar el precio del corto plazo". Ese precio, añadió, puede acarrear costes inmediatos, como aquellos propios del proceso de regulación y otros más subjetivos — como, por ejemplo, los de naturaleza estética relativos al lugar de instalación de turbinas de viento.

La ola de entusiasmo ecológico cuenta con la ayuda de una norma que la mayoría de los americanos probablemente desconoce, pero que es tan conocida como la Ley del Aire Limpio entre los círculos de tecnología y en Europa. Se trata de una directriz de la Unión Europea (UE) denominada Restricción de Sustancias Peligrosas, cuya aplicación se extiende a los productos eléctricos y electrónicos a la venta en los países miembros de la UE. Conocida como RoHS (según sus siglas en inglés), y generalmente referida como "ross" o "row-haas", el decreto entró en vigor en 2006 y prohíbe la utilización de plomo, mercurio, cadmio, cromo hexavalente y retardantes de llamas polibrominados en productos electrónicos como ordenadores.

"Responsabilidad del productor" es el término actual utilizado por los fabricantes de productos electrónicos que solicitan que se les haga entrega de sus productos cuando éstos van a ser descartados, evitando que el consumidor tenga la responsabilidad de deshacerse de ellos y encontrar un programa de reciclaje.

Transformar la tecnología de la información en una operación verde va más allá de la fabricación de hardware menos perjudicial. Las empresas han buscado limpiar sus procesos y utilización de recursos.

La EPA (Agencia de Protección Medioambiental) de EEUU estima que los centros de datos- los enormes almacenes de servidores que procesan datos masivos, como los usados por Google- consumen 60.000 millones de kilovatios-hora al año, aproximadamente el 1,5% de toda la electricidad usada en EEUU.

"Deseo a Google toda la suerte posible", dice White, de Wharton. "Se trata de una operación muy alejada de la actividad principal de la empresa, cuyos ingresos provienen de una única fuente: la venta de publicidad".
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