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'Economía a lo Tarzán': Si la música es gratuita, ¿qué ganan los artistas?

      
<p> Jim Griffin, consultor de Warner Music Group, se asoció con diversas universidades para probar modelos de negocios que puedan solucionar el problema. En el reciente congreso Supernova, en San Francisco, Knowledge@Wharton conversó con Griffin sobre sus ideas para cambiar la forma en que la música se distribuye y genera ingresos.   </p><p><br/> En el congreso, Griffin — que habló en un panel titulado “¿Existe el negocio de medios?” — caracterizó el dilema de la industria musical como una especie de economía “a lo Tarzan”: “Nosotros nos agarramos a la liana que mantiene nuestros pies lejos del suelo de la selva. Al mismo tiempo, sin embargo, tomamos impulso para agarrar la próxima liana, porque queremos seguir siempre adelante. El truco consiste en adivinar cuando soltar la liana antigua y coger la nueva”. Griffin destaca que el problema es particularmente doloroso para aquellos cuya “liana antigua” continúa siendo rentable y tienen la responsabilidad “de insistir en esa fuente de ingresos”. </p><p><br/> Griffin, sin embargo, está buscando la nueva “liana”. Para eso, está trabajando en asociación con la industria de la música con el objetivo de explorar nuevos modelos de ingresos para el mundo digital. A partir de este año, en un convenio con diversas universidades, él probará modelos que permitan a los estudiantes bajar y compartir música y, al mismo tiempo, remunerar a los artistas que las crearon. </p><p><br/> El proyecto, bautizado como “Choruss”, lo inició Warner Music Group, y tiene como meta convertirse en un consorcio que reunirá artistas y estudios de toda la industria con el objetivo de desarrollar un sistema de remuneración “colectiva”, es decir, un medio de generar ingresos que tome en cuenta la situación actual y permita el reparto fácil y gratuito de archivos musicales online. </p><p><br/><strong>Knowledge@Wharton: ¿Cuál es el papel de Warner Music Group, y qué tiene que ver con Choruss?</strong></p><p><br/> Jim Griffin: Warner es dueña de Choruss, fue su incubadora. Choruss está convirtiéndose en una empresa independiente, aunque Warner todavía está involucrada. Edgar Bronfman, consejero delegado de Warner Music Group, pensó que sería una actitud inteligente desviar la atención del producto al servicio, y pensó: “Warner será la incubadora de esa idea. Pueden comenzar con nuestro contenido y, después, buscar otros”. </p><p><br/> Estamos asistiendo a una transición del producto al servicio. Se trata de un servicio que requiere una retrospectiva de lo que ocurrió en el pasado en el sector de la música. De cierta manera, es algo anterior a él. Comenzó en 1847, en París, en el restaurante Les Ambassadeurs, en los Champs-Élysées. Un compositor famoso, Earnest Bourget, fue a cenar y escuchó cómo la orquesta estaba tocando su música. Salió sin pagar la comida, diciendo: “No están pagándome por la música que compuse, ¿por qué debería pagarles por la comida que me sirvieron?” </p><p><br/> Bourget llevó el caso a la justicia y esto fue lo que le dijo el juez: “Usted tendrá que pagar por la comida, pero ellos también tendrán que pagarle por la música. Creo, sin embargo, que va a necesitar mucha suerte. ¿Qué pretende? ¿Que todo restaurante y todos los lugares que quieran tocar su música entren en contacto con usted? ¿Cómo espera que le paguen en ese nuevo mundo?”. </p><p><br/> En la misma época y local, Victor Hugo y Henri de Balzac consiguieron la aprobación de una ley por la cual la lectura pública de sus libros en voz alta sólo podría hacerse mediante pago a los autores. Su preocupación era la misma: cómo pagar al autor de una obra en un mundo en que su distribución es ilimitada, ya sea en un restaurante, en un hotel o en cualquiera otro lugar. Formaron, entonces, la primera asociación de músicos y compositores, que fue conocida como SACEM. </p><p><strong><br/> Knowledge@Wharton: ¿Pero cómo llegamos a la situación en que nos encontramos actualmente? ¿Por qué no conseguimos encontrar una solución para el problema?</strong></p><p><br/> Griffin: Gracioso, ¿no? Se debe a que lo que estaba en cuestión era un producto, la música, que podía ser transferida hacia un pedazo de plástico o vinilo. El servicio promovía el producto, y todos estaban satisfechos.<br/> Ahora, estamos comenzando a darnos cuenta de que la música —el producto— existe sólo durante una fracción de segundo en el tiempo. Esa ya no es la forma principal de obtenerla. Pero así la transformamos en dinero durante un buen tiempo. </p><p><br/> Volvemos ahora a la idea de que música es servicio, y no necesariamente un producto. Su valor financiero puede ser medido por la cantidad y calidad de personas que atrae. Eso nos lleva de vuelta al siguiente cuestionamiento: ¿cómo es posible entonces, de forma colectiva, transformar música en dinero? </p><p><strong><br/> Knowledge@Wharton: ¿Qué solución va a proporcionar Choruss a esto que cuenta?</strong></p><p><br/> Griffin: Choruss es la materialización de la idea de una sociedad colectiva de remuneración bastante parecida a la primera de ellas, SACEM. La percepción del producto por parte del consumidor nunca ha sido tan fuerte. No se trata de una situación superada que pueda ignorarse. La música está presente en casi todos los lugares dónde vamos. Continúa teniendo un valor enorme para mantener a las personas por más tiempo en el restaurante solicitando más bebidas y platos diversos; ella reúne a las personas en las recepciones de los hoteles y las atrae hacia los canales del cable y webs de Internet. </p><p><br/> La música es más importante que nunca. La percepción que las personas tienen de ella nunca ha sido mayor. Sin embargo, su cuota de mercado nunca ha sido tan pequeña. Eso es consecuencia de una transición que llamo de economía a lo Tarzan, que es lo que nos hace aferrarnos a un producto sabiendo que es en el servicio donde está, de hecho, su valor. ¿De qué manera es posible percibir el valor del servicio donde hay, por su propia naturaleza, un fenómeno de agregación en marcha? </p><p><strong><br/> Knowledge@Wharton: ¿Choruss sería un intento de suministrar un modelo semejante para la música grabada?</strong></p><p><br/> Griffin: Sí, desde luego. Debemos entenderlo como un intento de aprendizaje de los estudios de grabación en el sentido de actuar de modo más parecido a los editores musicales. De esa forma, será posible percibir que el valor financiero tal vez no esté cien por cien representado por la operación de fabricación que controla la cantidad y el destino de la música, sino por el valor económico que la música confiere a cualquier actividad. Es para dejar perplejo a cualquiera el hecho de que hoy en día, cuando oímos una canción en la radio, en la recepción de un hotel o en un restaurante de EEUU, el compositor cobra por su creación, pero el dueño de la grabación no cobra por el archivo que generó. Pero, sin ese sonido, no se puede pagar al compositor. </p><p><br/><strong>Knowledge@Wharton: Los ejemplos que ha escogido —de la música en la recepción de un hotel o de un restaurante— son fáciles de entender. La gran preocupación es con la música bajada en Limewire o Torrent. ¿Espera solucionar también esa situación con su modelo?</strong></p><p><br/> Griffin: Sí, ése es precisamente nuestro objetivo: desarrollar, durante un cierto tiempo, un modelo bien afinado y aplicarlo también a productos en Internet. </p><p><br/><strong>Knowledge@Wharton: ¿Cómo será esto? ¿Podría ser más concreto?</strong></p><p><br/> Griffin: Claro. En realidad, estamos trabajando actualmente en experiencias de ese tipo. Hay media docena de escuelas realizando experiencias relacionadas con Choruss que buscan revelar hasta qué punto ese modelo puede ser extendido a la descarga de música. </p><p><br/> Se están probando diferentes estrategias. Pero vamos a limitarnos a lo más común de ellas —la descarga compartida— porque sabemos que los fans de música adoran compartirla. Cogemos entonces el reparto de música de punto a punto [peer-to-peer] y fijamos una tarifa fija de acceso ilimitado. A continuación, cogemos esas tarifas fijas y las reunimos en diferentes paquetes. Dividimos entonces los paquetes según parámetros derivados de la utilización que tienen en la Web. Esos parámetros pueden ser, por ejemplo, la frecuencia con que una canción es adquirida y la frecuencia con que se ejecuta. Nadie lo sabe. Eso es arte, y no ciencia. </p><p><br/><strong>Knowledge@Wharton: ¿Cómo sabrá con qué frecuencia se pone una canción?</strong></p><p><br/> Griffin: Analizando, por ejemplo, la muestra típica de un grupo. O pidiéndole permiso para monitorizarlo durante un cierto tiempo —como hacen Nielsen o Arbitron— de la misma forma que se hace en la radio y en la televisión. Aunque no sea un parámetro perfecto, funciona. Es lo bastante bueno para el segmento comercial. Tenemos un ambiente publicitario bastante sólido que responde a aquello que las personas dicen que ven u oyen. Es muy bueno. Usamos esa misma estrategia para la descarga de música en algunas de nuestros experimentos. </p><p><strong><br/> Knowledge@Wharton: ¿Los experimentos que se están llevando a cabo en las universidades sólo incluyen contenido de Warner?</strong></p><p><br/> Griffin: No. Pedimos a todos los artistas que participaran. Los otros estudios de grabación están participando, así como editores y compositores. </p><p><br/> El objetivo es probar la idea de que es posible pagar por la música ofrecida como servicio, y que los ingresos obtenidos pueden ser canalizados a un fondo común y divididos de la misma forma en que se hace en la televisión por cable, por ejemplo. </p><p><strong><br/> Knowledge@Wharton: La estrategia, según lo que todo indica, funciona bien en una universidad en la que, al igual que en la televisión por cable, existe algún control sobre la red de distribución. Sin embargo, en el caso de redes globales de punto a punto, no es posible controlar el punto de distribución.</strong></p><p><br/> Griffin: Eso no es necesario. El modelo no requiere ningún tipo de control. Basta el pago de una tarifa y la utilización de parámetros para que el proceso continúe incentivando la creación de contenido. </p><p><br/><strong>Knowledge@Wharton: ¿Cómo se hace el pago de la tarifa? ¿Quién paga?</strong></p><p><br/> Griffin: Depende de una decisión voluntaria del individuo. Él se pregunta: ¿quiero participar en ese sistema? Al aceptar, recibe una cuenta y una contraseña para negociar tantas canciones como quiera sabiendo que se trata de una actividad legítima por la cual pagó, y que toda tarifa recogida será depositada en la cuenta de los que poseen derechos de contenido. </p><p><strong><br/> Knowledge@Wharton: ¿Sería optativo?</strong></p><p><br/> Griffin: Claro. Funciona como la televisión por cable. La persona decide. ¿Se quiere suscribir a HBO? Si quisiera, lo mismo sucede, es decir, su dinero va hacia un fondo que se usa para el pago de los derechos </p><p><strong><br/> Knowledge@Wharton: Sí, en el caso de la descarga de música, hay una cultura muy arraigada de compartir música de manera gratuita.</strong></p><p><br/> Griffin: Evidente, porque no hay una alternativa legítima. En otras palabras, la cuestión es la siguiente: ¿será posible reprimir el impulso que lleva a la piratería ignorando al mismo tiempo el mecanismo que la pone en funcionamiento?<br/> Tradicionalmente, la forma de lidiar con la piratería ha consistido en atacar su mecanismo. Aquí, se parte del principio de que la tecnología no sólo ha hecho que el pago de la música bajada sea voluntario, sino que ese pago cada vez es más voluntario todos los años. Si consiguiéramos lidiar con eso —o sea, con la idea de que el pago voluntario es una cuestión técnica—, habrá que hacerse la siguiente pregunta: ¿de qué forma debemos lidiar con el impulso que lleva a la piratería?<br/> Creo que la respuesta, en este caso, es de carácter empresarial. No está en la ley ni en la tecnología. En general, nuestra respuesta siempre ha sido esto último y la experiencia ha demostrado que esta respuesta peca por su ineficacia y complejidad.<br/><br/> La cuestión es: ¿es posible hacer un negocio de manera que el usuario final se sienta atraído a pagar por ese servicio? ¿Estamos en condiciones de ofrecerle un servicio mejor que el que ofrece la piratería? ¿Un servicio más rápido? ¿Los archivos pueden ser de mejor calidad? ¿Qué precio estaría dispuesto a pagar? Estamos experimentando para dar respuesta a esta última pregunta. </p><p><strong><br/> Knowledge@Wharton: ¿El sistema de pago es parte del experimento que está llevando a cabo?</strong></p><p><br/> Griffin: Sí absolutamente. Hay que pagar. </p><p><br/><strong>Knowledge@Wharton: ¿Quién paga: la Universidad o el estudiante de forma individual?</strong></p><p><br/> Griffin: El individuo tiene que pagar. No sería posible aprender mucho en este tipo de experiencia si otra persona pagara por su música. Todos querrían eso, ¿no es así? No sería una buena prueba. </p><p><br/><strong>Knowledge@Wharton: ¿Qué incentivo tendrá el usuario —en este caso, el estudiante— para decidirse por el programa, excepto por la idea de que está haciendo lo correcto?</strong></p><p><br/> Griffin: Este será siempre uno de ellos, además de un servicio mejor.<br/><strong><br/> Knowledge@Wharton: ¿Que oportunidades cree que hay de que todas esas piezas encajen hasta el punto de que lleguemos a una situación en que los artistas obtengan la parte de pago que les deben y el usuario pueda descargar cualquier canción que desee pagando una tarifa modesta por ella?</strong></p><p><br/> Griffin: Creo que se trata de algo inevitable. La cuestión es cuándo. Hoy tenemos éxito en la radio, en la televisión, en los pubs. Ellos pueden tocar la música que quieren, y no son considerados piratas ni ladrones. </p><p><br/> Se trata de un cambio para los detentores de derechos pensar de esa nueva forma. Sin embargo, para el usuario, el cambio ya ha ocurrido. Él ya tiene acceso a toda la música que desea. Él ya se ha habituado a eso con gran facilidad. Creo, por lo tanto, que está dispuesto a pagar, pero no le ofrecemos, de momento, un modelo que él considere atractivo. Nadie jamás le ha ofrecido descargas ilimitadas, un modelo de acceso ilimitado con tarifa fija y sin DRM, sin ningún tipo de control. Jamás le ofrecieron aquello que más le gustaría tener.<br/><br/></p>

Jim Griffin, consultor de Warner Music Group, se asoció con diversas universidades para probar modelos de negocios que puedan solucionar el problema. En el reciente congreso Supernova, en San Francisco, Knowledge@Wharton conversó con Griffin sobre sus ideas para cambiar la forma en que la música se distribuye y genera ingresos.  


En el congreso, Griffin — que habló en un panel titulado “¿Existe el negocio de medios?” — caracterizó el dilema de la industria musical como una especie de economía “a lo Tarzan”: “Nosotros nos agarramos a la liana que mantiene nuestros pies lejos del suelo de la selva. Al mismo tiempo, sin embargo, tomamos impulso para agarrar la próxima liana, porque queremos seguir siempre adelante. El truco consiste en adivinar cuando soltar la liana antigua y coger la nueva”. Griffin destaca que el problema es particularmente doloroso para aquellos cuya “liana antigua” continúa siendo rentable y tienen la responsabilidad “de insistir en esa fuente de ingresos”.


Griffin, sin embargo, está buscando la nueva “liana”. Para eso, está trabajando en asociación con la industria de la música con el objetivo de explorar nuevos modelos de ingresos para el mundo digital. A partir de este año, en un convenio con diversas universidades, él probará modelos que permitan a los estudiantes bajar y compartir música y, al mismo tiempo, remunerar a los artistas que las crearon.


El proyecto, bautizado como “Choruss”, lo inició Warner Music Group, y tiene como meta convertirse en un consorcio que reunirá artistas y estudios de toda la industria con el objetivo de desarrollar un sistema de remuneración “colectiva”, es decir, un medio de generar ingresos que tome en cuenta la situación actual y permita el reparto fácil y gratuito de archivos musicales online.


Knowledge@Wharton: ¿Cuál es el papel de Warner Music Group, y qué tiene que ver con Choruss?


Jim Griffin: Warner es dueña de Choruss, fue su incubadora. Choruss está convirtiéndose en una empresa independiente, aunque Warner todavía está involucrada. Edgar Bronfman, consejero delegado de Warner Music Group, pensó que sería una actitud inteligente desviar la atención del producto al servicio, y pensó: “Warner será la incubadora de esa idea. Pueden comenzar con nuestro contenido y, después, buscar otros”.


Estamos asistiendo a una transición del producto al servicio. Se trata de un servicio que requiere una retrospectiva de lo que ocurrió en el pasado en el sector de la música. De cierta manera, es algo anterior a él. Comenzó en 1847, en París, en el restaurante Les Ambassadeurs, en los Champs-Élysées. Un compositor famoso, Earnest Bourget, fue a cenar y escuchó cómo la orquesta estaba tocando su música. Salió sin pagar la comida, diciendo: “No están pagándome por la música que compuse, ¿por qué debería pagarles por la comida que me sirvieron?”


Bourget llevó el caso a la justicia y esto fue lo que le dijo el juez: “Usted tendrá que pagar por la comida, pero ellos también tendrán que pagarle por la música. Creo, sin embargo, que va a necesitar mucha suerte. ¿Qué pretende? ¿Que todo restaurante y todos los lugares que quieran tocar su música entren en contacto con usted? ¿Cómo espera que le paguen en ese nuevo mundo?”.


En la misma época y local, Victor Hugo y Henri de Balzac consiguieron la aprobación de una ley por la cual la lectura pública de sus libros en voz alta sólo podría hacerse mediante pago a los autores. Su preocupación era la misma: cómo pagar al autor de una obra en un mundo en que su distribución es ilimitada, ya sea en un restaurante, en un hotel o en cualquiera otro lugar. Formaron, entonces, la primera asociación de músicos y compositores, que fue conocida como SACEM.


Knowledge@Wharton: ¿Pero cómo llegamos a la situación en que nos encontramos actualmente? ¿Por qué no conseguimos encontrar una solución para el problema?


Griffin: Gracioso, ¿no? Se debe a que lo que estaba en cuestión era un producto, la música, que podía ser transferida hacia un pedazo de plástico o vinilo. El servicio promovía el producto, y todos estaban satisfechos.
Ahora, estamos comenzando a darnos cuenta de que la música —el producto— existe sólo durante una fracción de segundo en el tiempo. Esa ya no es la forma principal de obtenerla. Pero así la transformamos en dinero durante un buen tiempo.


Volvemos ahora a la idea de que música es servicio, y no necesariamente un producto. Su valor financiero puede ser medido por la cantidad y calidad de personas que atrae. Eso nos lleva de vuelta al siguiente cuestionamiento: ¿cómo es posible entonces, de forma colectiva, transformar música en dinero?


Knowledge@Wharton: ¿Qué solución va a proporcionar Choruss a esto que cuenta?


Griffin: Choruss es la materialización de la idea de una sociedad colectiva de remuneración bastante parecida a la primera de ellas, SACEM. La percepción del producto por parte del consumidor nunca ha sido tan fuerte. No se trata de una situación superada que pueda ignorarse. La música está presente en casi todos los lugares dónde vamos. Continúa teniendo un valor enorme para mantener a las personas por más tiempo en el restaurante solicitando más bebidas y platos diversos; ella reúne a las personas en las recepciones de los hoteles y las atrae hacia los canales del cable y webs de Internet.


La música es más importante que nunca. La percepción que las personas tienen de ella nunca ha sido mayor. Sin embargo, su cuota de mercado nunca ha sido tan pequeña. Eso es consecuencia de una transición que llamo de economía a lo Tarzan, que es lo que nos hace aferrarnos a un producto sabiendo que es en el servicio donde está, de hecho, su valor. ¿De qué manera es posible percibir el valor del servicio donde hay, por su propia naturaleza, un fenómeno de agregación en marcha?


Knowledge@Wharton: ¿Choruss sería un intento de suministrar un modelo semejante para la música grabada?


Griffin: Sí, desde luego. Debemos entenderlo como un intento de aprendizaje de los estudios de grabación en el sentido de actuar de modo más parecido a los editores musicales. De esa forma, será posible percibir que el valor financiero tal vez no esté cien por cien representado por la operación de fabricación que controla la cantidad y el destino de la música, sino por el valor económico que la música confiere a cualquier actividad. Es para dejar perplejo a cualquiera el hecho de que hoy en día, cuando oímos una canción en la radio, en la recepción de un hotel o en un restaurante de EEUU, el compositor cobra por su creación, pero el dueño de la grabación no cobra por el archivo que generó. Pero, sin ese sonido, no se puede pagar al compositor.


Knowledge@Wharton: Los ejemplos que ha escogido —de la música en la recepción de un hotel o de un restaurante— son fáciles de entender. La gran preocupación es con la música bajada en Limewire o Torrent. ¿Espera solucionar también esa situación con su modelo?


Griffin: Sí, ése es precisamente nuestro objetivo: desarrollar, durante un cierto tiempo, un modelo bien afinado y aplicarlo también a productos en Internet.


Knowledge@Wharton: ¿Cómo será esto? ¿Podría ser más concreto?


Griffin: Claro. En realidad, estamos trabajando actualmente en experiencias de ese tipo. Hay media docena de escuelas realizando experiencias relacionadas con Choruss que buscan revelar hasta qué punto ese modelo puede ser extendido a la descarga de música.


Se están probando diferentes estrategias. Pero vamos a limitarnos a lo más común de ellas —la descarga compartida— porque sabemos que los fans de música adoran compartirla. Cogemos entonces el reparto de música de punto a punto [peer-to-peer] y fijamos una tarifa fija de acceso ilimitado. A continuación, cogemos esas tarifas fijas y las reunimos en diferentes paquetes. Dividimos entonces los paquetes según parámetros derivados de la utilización que tienen en la Web. Esos parámetros pueden ser, por ejemplo, la frecuencia con que una canción es adquirida y la frecuencia con que se ejecuta. Nadie lo sabe. Eso es arte, y no ciencia.


Knowledge@Wharton: ¿Cómo sabrá con qué frecuencia se pone una canción?


Griffin: Analizando, por ejemplo, la muestra típica de un grupo. O pidiéndole permiso para monitorizarlo durante un cierto tiempo —como hacen Nielsen o Arbitron— de la misma forma que se hace en la radio y en la televisión. Aunque no sea un parámetro perfecto, funciona. Es lo bastante bueno para el segmento comercial. Tenemos un ambiente publicitario bastante sólido que responde a aquello que las personas dicen que ven u oyen. Es muy bueno. Usamos esa misma estrategia para la descarga de música en algunas de nuestros experimentos.


Knowledge@Wharton: ¿Los experimentos que se están llevando a cabo en las universidades sólo incluyen contenido de Warner?


Griffin: No. Pedimos a todos los artistas que participaran. Los otros estudios de grabación están participando, así como editores y compositores.


El objetivo es probar la idea de que es posible pagar por la música ofrecida como servicio, y que los ingresos obtenidos pueden ser canalizados a un fondo común y divididos de la misma forma en que se hace en la televisión por cable, por ejemplo.


Knowledge@Wharton: La estrategia, según lo que todo indica, funciona bien en una universidad en la que, al igual que en la televisión por cable, existe algún control sobre la red de distribución. Sin embargo, en el caso de redes globales de punto a punto, no es posible controlar el punto de distribución.


Griffin: Eso no es necesario. El modelo no requiere ningún tipo de control. Basta el pago de una tarifa y la utilización de parámetros para que el proceso continúe incentivando la creación de contenido.


Knowledge@Wharton: ¿Cómo se hace el pago de la tarifa? ¿Quién paga?


Griffin: Depende de una decisión voluntaria del individuo. Él se pregunta: ¿quiero participar en ese sistema? Al aceptar, recibe una cuenta y una contraseña para negociar tantas canciones como quiera sabiendo que se trata de una actividad legítima por la cual pagó, y que toda tarifa recogida será depositada en la cuenta de los que poseen derechos de contenido.


Knowledge@Wharton: ¿Sería optativo?


Griffin: Claro. Funciona como la televisión por cable. La persona decide. ¿Se quiere suscribir a HBO? Si quisiera, lo mismo sucede, es decir, su dinero va hacia un fondo que se usa para el pago de los derechos


Knowledge@Wharton: Sí, en el caso de la descarga de música, hay una cultura muy arraigada de compartir música de manera gratuita.


Griffin: Evidente, porque no hay una alternativa legítima. En otras palabras, la cuestión es la siguiente: ¿será posible reprimir el impulso que lleva a la piratería ignorando al mismo tiempo el mecanismo que la pone en funcionamiento?
Tradicionalmente, la forma de lidiar con la piratería ha consistido en atacar su mecanismo. Aquí, se parte del principio de que la tecnología no sólo ha hecho que el pago de la música bajada sea voluntario, sino que ese pago cada vez es más voluntario todos los años. Si consiguiéramos lidiar con eso —o sea, con la idea de que el pago voluntario es una cuestión técnica—, habrá que hacerse la siguiente pregunta: ¿de qué forma debemos lidiar con el impulso que lleva a la piratería?
Creo que la respuesta, en este caso, es de carácter empresarial. No está en la ley ni en la tecnología. En general, nuestra respuesta siempre ha sido esto último y la experiencia ha demostrado que esta respuesta peca por su ineficacia y complejidad.

La cuestión es: ¿es posible hacer un negocio de manera que el usuario final se sienta atraído a pagar por ese servicio? ¿Estamos en condiciones de ofrecerle un servicio mejor que el que ofrece la piratería? ¿Un servicio más rápido? ¿Los archivos pueden ser de mejor calidad? ¿Qué precio estaría dispuesto a pagar? Estamos experimentando para dar respuesta a esta última pregunta.


Knowledge@Wharton: ¿El sistema de pago es parte del experimento que está llevando a cabo?


Griffin: Sí absolutamente. Hay que pagar.


Knowledge@Wharton: ¿Quién paga: la Universidad o el estudiante de forma individual?


Griffin: El individuo tiene que pagar. No sería posible aprender mucho en este tipo de experiencia si otra persona pagara por su música. Todos querrían eso, ¿no es así? No sería una buena prueba.


Knowledge@Wharton: ¿Qué incentivo tendrá el usuario —en este caso, el estudiante— para decidirse por el programa, excepto por la idea de que está haciendo lo correcto?


Griffin: Este será siempre uno de ellos, además de un servicio mejor.

Knowledge@Wharton: ¿Que oportunidades cree que hay de que todas esas piezas encajen hasta el punto de que lleguemos a una situación en que los artistas obtengan la parte de pago que les deben y el usuario pueda descargar cualquier canción que desee pagando una tarifa modesta por ella?


Griffin: Creo que se trata de algo inevitable. La cuestión es cuándo. Hoy tenemos éxito en la radio, en la televisión, en los pubs. Ellos pueden tocar la música que quieren, y no son considerados piratas ni ladrones.


Se trata de un cambio para los detentores de derechos pensar de esa nueva forma. Sin embargo, para el usuario, el cambio ya ha ocurrido. Él ya tiene acceso a toda la música que desea. Él ya se ha habituado a eso con gran facilidad. Creo, por lo tanto, que está dispuesto a pagar, pero no le ofrecemos, de momento, un modelo que él considere atractivo. Nadie jamás le ha ofrecido descargas ilimitadas, un modelo de acceso ilimitado con tarifa fija y sin DRM, sin ningún tipo de control. Jamás le ofrecieron aquello que más le gustaría tener.


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