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La graduada Tyana Santini y su vida en Japón

      
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Estudiante en Japon. Foto: ORT
¿Cómo surgió tu viaje a Japón?

Fue gracias a mi profesora de japonés, Yoko Hachiuma. Empecé a estudiar japonés por hobby, por curiosidad, y la profesora siempre me hablaba de una beca y me decía que me anotara. A mí me parecía que era una locura y que había que pasar demasiado tiempo en Japón. Una vez le hice caso, me presenté al examen y no lo salvé. En ese momento no estaba muy segura de ir. Había preparado pero no tanto. Después, en ese mismo año, con otras becas me fui a China y Malasia y me encantó. A partir de eso me pareció que podía vivir dos años en Japón, y la segunda vez que me presenté a la beca me preparé muy bien y la conseguí.

¿Y lo de China y Malasia?


Surgió por becas de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP). A China fueron diez días y a Malasia un mes y medio.

¿Qué hiciste en estos países?


En China hice un seminario de bambú y tuve una sesión de construcción con ese material. En Malasia hice un curso de bienes raíces (en ese momento yo estaba con una inmobiliaria).

¿Vos hacías chino y japonés?

Sí.

¿De dónde viene tu interés por estos idiomas?


Empecé a hacer japonés porque ORT prestaba los salones para los cursos. Me llamó la atención y fui.

Es decir que surgió en ese momento, no había un interés previo…

Siempre me gustó la arquitectura japonesa, pero nunca se me ocurrió que iba a ir allá a estudiar.

¿Cómo fue la experiencia en Japón?


Fui por una beca que todos los años da el Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Cada año va una persona de Uruguay. Es una beca completa. No tenés que pagar la universidad y te dan suficiente dinero como para que puedas vivir sin problemas. Yo fui a la Universidad de Kyoto.

¿Lograste adaptarte?


La adaptación fue mucho más fácil de lo que creí que iba a ser. Pensar en Japón es tan raro, está tan lejos, todo es tan distinto que uno piensa que puede llegar a ser difícil, pero la verdad es que no fue muy difícil. Hubo un montón de gente que llegó en la misma situación, porque todas las personas que ganan esta beca en distintas partes del mundo llegan al mismo tiempo. Hacemos los cursos de japonés juntos y te hacés un grupo de amigos que está en la misma que vos, entonces es bastante más fácil que llegar solo.

Hay que tener coraje para elegir ir a Japón

Puede ser. A mí no me costó, quizás porque ya hablaba un poco de japonés y de chino, pero hay gente que se vuelve porque le resulta muy distinto. No se adapta, no le gusta.

¿Vos no lo encontraste tan distinto?

En realidad es muy distinto. Para empezar, es una cultura totalmente diferente. Las maneras de actuar, hablar, los gestos. Por más que entienda el japonés, es muy difícil entender lo que quieren decir. Me costó mucho saber qué estaba pasando cuando hablaba con otra persona. Las ciudades son muy distintas y eso me encanta. Yo estoy en Kyoto, que es una ciudad chiquita, del tamaño de Montevideo y también con un millón y medio de habitantes.

¿Tuviste dificultades para relacionarte con los japoneses?

Ahí es todo muy, muy, muy amable. Todo el mundo es muy formal y muy serio. Nunca nadie va a tratar de estafarte. Al principio me daba un poco de miedo pero después vi que no pasaba nada. Todos tratan de ayudarte cuando ven que te cuesta, que no entendés mucho. Pero, al menos en mi caso, hacer amigos íntimos japoneses es difícil porque yo no sé hablar tanto su idioma y ellos son un poco perezosos para hablar en inglés. Allá tengo amigos que me hice en la universidad. La amistad para los japoneses es algo bastante formal; hay que hacer una cita en una agenda para ir a tomar algo con una amiga. Como los japoneses hablan bajito y muy educadamente, creo que ahora estoy un poco más silenciosa. Cuando fui a Brasil a visitar a un amigo tuve problemas con la valija en el aeropuerto, y cuando me la trajeron le hice como cinco reverencias al funcionario porque lo había molestado mucho.

¿Qué has hecho en el tiempo que estuviste ahí?

Los primeros seis meses hice un curso intensivo de japonés avanzado. Hice investigación en la universidad. Luego entré a una maestría. Mi parte está relacionada con enviroment, pero no tiene nada que ver con sustentabilidad. Yo podía elegir las materias, y por el tipo de tesis y de laboratorio en que estoy elegí teoría e historia de la arquitectura de Japón.

¿Siempre estuviste interesada en eso?

Fui cambiando. Yo iba con la idea de estudiar algo que tuviera que ver con diseño o con algo técnico. Después me di cuenta de que para estudiar algo relacionado con arquitectura sustentable tenía que ser demasiado específico, y eso no me atrajo tanto porque estaba un poco relacionado con ingeniería.

¿Sobre qué hiciste tu tesis de la maestría en Japón?

Sobre la imagen de Kyoto en las publicaciones occidentales del siglo XVII hasta ahora.

De lo que has podido ver en Kyoto con respecto a la arquitectura en estos tres años que has estado allí, ¿hay cosas que te entusiasmaría que vinieran para Uruguay?

No, ya entendí que la arquitectura japonesa es para Japón. Está hecha para su clima, para su tecnología y para la manera de ser de ellos, que hacen todo efímero, como para que dure poquito. Además, es una cuestión de cómo usan la ciudad, porque a veces se alquila un terreno y se hace un edificio para que dure solo cinco o seis años, ya que después tiene que entregarle la tierra a otra persona. Las estructuras son muy livianitas. Cuando me mudé a mi departamento, que es de madera y de yeso, sentía que estaba como en un campamento, pero después me acostumbré. No creo que se pueda hacer eso acá en Uruguay y tampoco tendría sentido, porque acá nos hacemos una casa para que nos dure 50 años, no cinco. Además, en Japón está el factor climático. Las hacen tan livianas por los terremotos. Nadie espera que duren demasiado. Pero eso también hace que puedan hacer cosas más originales, porque no tenés que invertir un montón de dinero en un edificio enorme que va a durar 100 años, sino que se hace como algo que va a durar unos añitos y después se va a cambiar.

¿En qué parte de Kyoto vivís?

En un lugar muy lindo que queda frente a un río, en el norte de Kyoto, cerca del campus central de la universidad. Pero yo no voy al campus que está en la ciudad, sino a uno que queda un poco más lejos, así que me tomo un ómnibus de campus a campus. Mi casa tiene una vista preciosa, veo las montañas, es espectacular. Tuve suerte para poder encontrar eso. La casa tiene doce metros cuadrados. Desgraciadamente, eso es lo normal. Y hay apartamentos más chicos. Al principio no podía; en esos baños tan chiquitos que son como de una sola pieza de plástico y que parecen los de un avión. Ahora sí me acostumbré.

¿De qué manera funcionan en Japón los códigos de honor?

Por suerte tengo un profesor que, como extranjera que soy, me tiene tolerancia. Además, él vivió muchos años afuera. Pero conozco gente que tiene profesores más mayores y a veces meten la pata sin querer. Por ejemplo, van a consultar a otros profesores sin preguntarles a ellos primero y se enojan. Pero yo no tuve mucho problema con eso.

¿Y con los estudiantes?

No… quizás podría pasar en otro ambiente, pero en arquitectura la gente suele ser más relajada.

Ahora te postulaste para un doctorado. ¿Sobre qué?


Todavía no está definido, pero va a ser de una parte de mi tesis anterior. A partir de una serie de libros de entreguerras voy a estudiar cómo interpretan los occidentales la relación de los japoneses con la naturaleza. Claro que también tengo que estudiar la visión de los japoneses sobre ese fenómeno para comparar, pero me interesa estudiar cómo está mostrada en los libros occidentales, porque se dice que los japoneses tienen una relación especial con la naturaleza pero nunca se especifica cómo ni por qué.

¿Cómo se conecta tu tema de doctorado con la arquitectura?


El tema de la naturaleza se puede conectar de muchas maneras. Está relacionado con cómo diseñás un edificio. Ahora se estudia mucho la relación de las culturas con la naturaleza por la sustentabilidad, porque hay distintas ideas sobre esto y cada cultura tiene la suya propia, y el tema se discute mucho. También en urbanismo.

¿Cuánto dura este doctorado?


Tres años.

¿Cómo te ves de acá a tres años en Japón?

Bien. Es tranquilo y me encanta, y Kyoto es bastante segura. Casi no hay terremotos, aunque a veces se mueve un poquito. En Tokyo se mueve tanto que si hubiera estudiado ahí creo que ya me habría vuelto.

¿Les recomendarías a los estudiantes ir a Japón?

Sí, definitivamente. Yo me paso diciéndole a todo el mundo, porque hay años en los que nadie se anota a la beca. Es muy interesante, no tiene nada que ver con lo que uno se imagina o lo que entiende de la arquitectura japonesa cuando la estudia desde acá. Hasta que no lo viste o no lo viviste no tiene nada que ver. Además, podés ir a muy buenas universidades y te pagan muy buenas becas. Ahora, por ejemplo, estoy estudiando con profesores famosos como Waro Kishi y Takahiro Taji, que no es muy famoso pero es mi tutor, y también tuve a Shin Takamatsu, todo sin hacer ningún esfuerzo económico porque me lo cubre la beca. Nunca me imaginé que iba a seguir estudiando, menos con esta gente.

¿Tenés pensado volver a Uruguay?

No tengo ni idea. Siempre pienso que no voy a quedarme en Japón, pero tampoco pensaba que iba a ir, y cuando fui pensaba que ni loca me quedaba para el doctorado.





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