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El feminicidio en Uruguay: más que una cuestión de género

      
Fuente: Shutterstock

Se estima que cada día mueren al menos 12 latinoamericanas por el solo hecho de ser mujeres, lo que ha puesto en alarma a los gobiernos que intentan impulsar nuevas leyes para evitarlos. En el caso de Uruguay, ya son 10 las mujeres asesinadas por violencia de género en lo que va de 2017, cifra incluso superior a la del año pasado.

Para cambiar esta realidad, el Estado uruguayo promovió un proyecto de ley que tipifica el femicidio como agravante del homicidio, que ha sido aprobado por la Cámara de Senadores. Este proyecto pasa ahora a la Cámara de Diputados para convertirse en ley; de hacerlo, modificará los artículos 311 y 312 del Código Penal.

Si bien esta nueva situación en el ámbito legal puede ayudar a que la violencia de género se disminuya, no es suficiente garantía desde el punto de vista social: este tipo de violencia tiene raíces culturales muy profundas, que se perpetúan a través de diferentes costumbres, ideas y situaciones que son parte de nuestra “normalidad”.

Desde hace más de 10 años en todo el país hay un crecimiento sostenido de denuncias por violencia de género y violencia doméstica. Y estas denuncias no quedan solo en palabras si las comparamos con las cifras de feminicidios, que posicionan a Uruguay entre los primeros países con más asesinatos de mujeres por parte de sus parejas, novios, esposos o ex, de acuerdo a los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Si bien las cifras no lo son todo, son un reflejo bastante claro de lo que podemos percibir en el diario vivir uruguayo. La violencia de género se manifiesta en diversas situaciones y una de las más graves y evidentes es el feminicidio.

Es alarmante que haya que llegar hasta este punto para que la sociedad comience a reflexionar sobre este fenómeno y sus verdaderas raíces. Pero no alcanza con leyes, es necesario un cambio de mentalidad para poder desprenderse del aprendizaje cultural impregnado de machismo que inyectamos desde la niñez.

Hay una responsabilidad del Estado para proteger a las mujeres, sin dudas, pero también hay una responsabilidad social para generar el cambio, que debe comenzar en cada hogar, en cada persona. El acoso callejero, la brecha salarial, la cosificación y denigración son solo algunas de las formas de violencia simbólica con las que cada mujer combate día a día, violencia que, en los peores casos, llega a transformarse en feminicidio.

Es necesario rever el sistema de valores que compartimos como sociedad y empezar a pensar y actuar diferente para poder acabar con la legitimación del pensamiento machista. Esta es la única herramienta que tenemos como actores de la sociedad para poder garantizar una convivencia igualitaria y asegurar que ninguna mujer sea menos que nadie o sea asesinada por nacer mujer.



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